La fotografía es una selfie, una de tantas que se tomó Lautaro Servín, un adolescente de 17 años que este martes fue asesinado cuando intentó proteger a su padre, Marcelo Servín (42), durante un intento de robo perpetrado por motochorros. Ahora, esa imagen se ha convertido en un recuerdo doloroso, transformada en un ángel con alas, fondo celeste y un sol brillante.
“No puedo más, ya no puedo hablar. Solo pienso en cómo mi hijo se murió en mis brazos, siento que fallé como papá al no poder protegerlo”, expresó entre sollozos Marcelo a Clarín.
El hecho ocurrió a las 7:40 del martes en la calle Rivadavia, entre Torcaza y Benteveo, en San Francisco Solano, en el sur del conurbano bonaerense. Lautaro se dirigía al colegio cercano cuando dos sujetos en una moto tipo enduro XR o Falcón, de color negro y rojo, los interceptaron para robarles. Ambos delincuentes llevaban cascos, pero Marcelo y testigos identificaron que uno vestía pantalón pijama.
Los ladrones efectuaron inicialmente tres disparos. Marcelo tropezó y cayó al suelo, momento en que su hijo intervino, asustado, para ayudarlo. En esos segundos, la tragedia se desató: los atacantes gritaron “¡No murió! ¡No murió!” y volvieron a disparar. Una bala impactó en la espalda de Lautaro, que llevaba puesta su mochila escolar.
“Vi que venían dos motos detrás mío, uno de ellos se bajó con un arma y disparó tres veces. Iba caminando con mi hijo. Me tiré al piso, fingiendo estar herido, y ellos empezaron a irse”, relató Marcelo. Y añadió: “Mi hijo vino, quiso levantarme porque pensó que me había pasado algo. En ese momento escucho que dicen ‘¡no murió!, ¡no murió!’ y vuelven. Él se les tiró encima. No me dejó cubrirlo a mí; él me cubrió a mí. Le dispararon y uno de esos tiros le dio en el corazón”.
Walter, un vecino miembro de la Prefectura Naval Argentina, escuchó los disparos, salió a la vereda y disparó al aire con su pistola reglamentaria para alertar y ahuyentar a los motochorros, que lograron escapar. Otro vecino declaró haber escuchado a uno de los delincuentes gritar justo antes de los disparos: “¡Matalo, matalo!”.
Marcelo recordó que, tras recibir el disparo, no se divisaban heridas visibles ni rastros de sangre en Lautaro, quien comenzó a convulsionar. Ante esta situación, su padre le aplicó reanimación cardiopulmonar (RCP) en el lugar y, con ayuda de vecinos, lo trasladaron en un auto particular al Hospital Oñativia de Rafael Calzada. A pesar de los esfuerzos médicos, el joven falleció.
“Se murió en mis brazos. Él dio su vida por mí”, lamentó Marcelo, quien por la mañana encabezó junto a familiares y amigos la despedida de Lautaro en una sala velatoria de Almirante Brown.
Lautaro era hincha de Independiente, tenía tres hermanos de 31, 29 y 22 años, y cursaba el último año del secundario. Su sueño era estudiar para convertirse en profesor de educación física y preparador físico.
La Policía se presentó en la escena del crimen tras recibir un llamado de un vecino al 911, entrevistó a los testigos y constató que no había cámaras de seguridad en la zona que registraran el hecho. Los peritos de la Policía Científica realizaron la recolección de pruebas bajo la supervisión del fiscal Sergio Schafer, del Departamento Judicial de Lomas de Zamora, quien ordenó diversas medidas para dar con los motochorros.
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