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“Un don del SEÑOR son los hijos, y recompensa es el fruto del vientre” (Salmo 127:3).

“Un don del SEÑOR son los hijos, y recompensa es el fruto del vientre” (Salmo 127:3).

La Palabra de Dios no se equivoca. Los hijos son una bendición para nuestras vidas, pero la realidad es que muchas veces no se siente de esa manera producto de nuestra naturaleza pecaminosa.

Debido a las demandas de la maternidad podemos llegar a sentirnos frustradas y cansadas, y con un peso permanente sobre nuestros hombros que parece que jamás se aliviará.

En el 2018, el New York Times publicó un artículo en el que el autor presenta la maternidad como una descripción de trabajo:

“Esta posición logra ser de suma importancia y, sin embargo, de alguna manera también la menos visible y/o respetada en toda la organización… Aunque coordinarás, planificarás y harás casi todo, debes esperar terminar cayendo boca abajo en tu cama todas las noches sintiendo que básicamente no has logrado nada”.

La labor nunca termina. Nuestras responsabilidades no se detienen. Las demandas parecen no finalizar y a veces sentimos que, por más que nos esforcemos, nuestros hijos nunca estarán satisfechos.

Nos sentimos agotadas física y emocionalmente la mayor parte del tiempo y, en medio de todo esto, nuestra conciencia nos llama la atención porque sabemos que se trata de un sacrificio de amor. Amamos a nuestros hijos con todo el corazón, sabemos a lo que hemos sido llamadas, sabemos que habrá frutos, pero no siempre hacemos el sacrificio llenas de gozo y con la mirada en el lugar correcto.

Nuestro Señor Jesucristo nos enseña que “Más bienaventurado es dar que recibir” (Hch 20:35), pero a veces pudiera parecer que esperamos recibir algo a cambio para llevar nuestra maternidad con alegría.

Esperanza en el lugar equivocado

En medio de este sentimiento que a veces nos inunda podemos tener la tendencia a poner nuestra esperanza en lugares incorrectos. Lugares que, en vez de traer la paz y descanso que tanto anhelamos, terminan drenándonos aún más y desviando nuestros ojos del lugar donde genuinamente se encuentra nuestra esperanza.

Aquí te comparto algunos de esos lugares incorrectos:

Ponemos la esperanza para nuestro descanso en bendiciones físicas

Solemos pensar: “Si mis hijos durmieran siestas, mis días fueran más tranquilos”; “si tuvieran un buen comportamiento, me sentiría menos irritada y más descansada”. Aunque estas cosas son deseables y buenas, no son un lugar seguro e inamovible en el que debemos poner toda nuestra esperanza. ¿Dónde quedará nuestra esperanza cuando estas cosas no sucedan?

Lo que debemos hacer es poner la esperanza para nuestro descanso y fortaleza en el Señor.

En vez de poner tu esperanza en esas bendiciones físicas (aclarando también que el descanso es completamente necesario y debemos procurarlo), pon tu esperanza en el Dios que puede fortalecerte en medio de tu cansancio de una manera sobrenatural.

Él nos provee en Cristo de todo lo que se necesita para la vida y la piedad (2 P 1:3), sin importar nuestras circunstancias. Incluso cuando nuestro cuerpo está exhausto, nuestra alma puede encontrar descanso en Él: “En Dios solamente espera en silencio mi alma; de Él viene mi salvación” (Sal 62:1).

Ponemos nuestra esperanza en bendiciones futuras para resolver problemas actuales

En medio de la maternidad podemos encontrarnos con circunstancias difíciles. Algunas tendrán que ver con nuestros hijos y otras no. Pero cuando los anhelos de nuestro corazón no son satisfechos, solemos poner nuestra esperanza en soluciones futuras.

Nuestros hijos consumen nuestro tiempo y energía, y entonces ponemos nuestra esperanza en que algún día ellos crecerán. Anhelamos una mejor posición económica para nuestra familia, entonces ponemos nuestra esperanza en un nuevo trabajo.

En lugar de poner tu esperanza en bendiciones futuras terrenales, ponla en las promesas eternas de Dios: “Pues tantas como sean las promesas de Dios, en Él todas son sí. Por eso también por medio de Él, es nuestro Amén, para la gloria de Dios por medio de nosotros” (2 Co 1:20).

Tu esperanza no está en que Dios te bendiga con otras bendiciones terrenales, sino en que te bendiga con más de Él mismo. Solo más de Dios puede satisfacer los anhelos más profundos de tu corazón. Pon tu esperanza en que Dios ha prometido estar contigo todos los días, lo cual incluye hasta los días más oscuros. Pon tu esperanza en que Dios ha prometido que nuestras aflicciones son leves y pasajeras y producen frutos en nuestras vidas (2 Co. 4:17).

Pon tu esperanza en que Él ha prometido que un día regresará, hará justicia y todo será hecho nuevo (Ap 21:5).

Pecamos de autosuficiencia y ponemos nuestra esperanza en nuestra habilidad para hacerlo mejor la próxima vez y perdonarnos a nosotras mismas

Fallar y pecar es algo que sin duda haremos porque somos seres humanos finitos y falibles. Nos enojaremos por cosas que no debemos. Reaccionaremos con ira, nos desesperaremos… y la lista pudiera continuar con tus propios ejemplos personales.

Pero al pecar de autosuficiencia, solemos poner nuestra esperanza en nosotras mismas, en que lo haremos mejor la próxima vez o en que ya me he perdonado a mí misma por lo que hice.

En lugar de poner nuestra esperanza en esos lugares equivocados, pongamosla en el perdón y en el poder de Cristo.

Tu esperanza no debe estar en que logres perdonarte a ti misma. La Biblia nunca habla de recibir perdón de nosotras mismas por nuestros pecados, sino que recibimos el perdón que solo Él ofrece y puede dar cuando vamos arrepentidas ante Su presencia (1 Jn 1:9). Confiesa tu pecado delante de Él y descansa en su gracia que te perdona y limpia.

Tu esperanza tampoco está en tus habilidades para hacerlo mejor la próxima vez, sino en el poder de Cristo que te capacita para vivir de una manera agradable a Él.

Toda tu esperanza en Cristo

No caminas sola por esta etapa de tu vida. Dios anhela que te acerques a Él y descanses en su fidelidad y bondad en Cristo Jesús durante las estaciones que se sienten imposibles.

“Entonces Yo rogaré al Padre, y Él les dará otro Consolador, para que esté con ustedes para siempre” (Juan 14:16).

Él no nos ha dejado solas. Nuestra esperanza para las circunstancias difíciles es la protección y fortaleza de Su presencia. Él ha prometido estar con nosotras todos los días.

Podemos esperar en Cristo en medio de las temporadas difíciles de la maternidad y alcanzar contentamiento porque el secreto no radica en que nuestras circunstancias cambien, sino en Cristo mismo (Fil 4:12-13). Solo en Cristo podemos encontrar satisfacción para nuestras almas. El apóstol Pablo nos enseña en su carta a los colosenses (cap. 2) que en Él estamos completas y satisfechas aun cuando la vida duela.

Banditas para el alma

Toda esperanza que buscamos fuera de Cristo es como una bandita o curita encima de una herida profunda, abierta y sangrante.

En lugar de poner banditas a tus diferentes situaciones, a tus debilidades, tus insuficiencias o anhelos insatisfechos, pon tu esperanza en lo duradero e inamovible que es Jesucristo. Él vivió la vida perfecta que tú y yo no podemos vivir, y murió la muerte que merecemos, para que pudiéramos tener salvación y encontrar la esperanza que necesitamos en la maternidad.

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