Peregrinos y extranjeros

Para los cristianos esta vida es en su totalidad un peregrinaje necesario por un mundo al que en realidad no pertenecemos ya.

Una de las verdades que los cristianos debemos estar recordando con relativa frecuencia es nuestra condición de peregrinos y extranjeros en este mundo, para no acomodarnos mucho cuando nuestra condición en él sea muy afortunada y favorable.

 

En cuanto a nuestra condición de peregrinos y como obvia consecuencia de ella, nuestro peregrinaje no consiste necesariamente en ir de peregrinación a los llamados “lugares santos” en el contexto de nuestra fe, como sucede con los musulmanes de hoy con su obligación de ir por lo menos una vez en su vida en peregrinación a La Meca, o los judíos de la antigüedad peregrinando al templo de Jerusalén con ocasión de las fiestas de la Pascua, de Pentecostés o de los Tabernáculos indistintamente.

Porque para los cristianos esta vida es en sí misma y en su totalidad un peregrinaje necesario por este mundo al que en realidad no pertenecemos ya (he aquí lo que tiene que ver con nuestra simultánea condición de extranjeros).

En relación con este peregrinaje, valga decir que antes de que los cristianos fueran llamados de este modo en la ciudad de Antioquía de Siria: “y, cuando lo encontró, lo llevó a Antioquía. Durante todo un año se reunieron los dos con la iglesia y enseñaron a mucha gente. Fue en Antioquía donde a los discípulos se les llamó «cristianos» por primera vez” (Hechos 11:26), eran conocidos por el apelativo de “los del Camino”, como podemos confirmarlo en el libro de los Hechos, cuando se dice lo siguiente del fariseo Saulo de Tarso en su condición de perseguidor de la iglesia antes de su conversión a Cristo en el camino de Damasco: “y le pidió cartas de extradición para las sinagogas de Damasco. Tenía la intención de encontrar y llevarse presos a Jerusalén a todos los que pertenecieran al Camino, fueran hombres o mujeres” (Hechos 9:2), y también posteriormente, cuando ya Saulo se identificaba como el apóstol Pablo y generaba debates y resistencias a su alrededor en el imperio con su predicación en desarrollo de su apostolado: “pero algunos se negaron obstinadamente a creer, y ante la congregación hablaban mal del Camino. Así que Pablo se alejó de ellos y formó un grupo aparte con los discípulos; y a diario debatía en la escuela de Tirano… Por aquellos días se produjo un gran disturbio a propósito del Camino” (Hechos 19:9, 23).

De hecho, al dar testimonio de su conversión confiesa: “Perseguí a muerte a los seguidores de este Camino, arrestando y echando en la cárcel a hombres y mujeres por igual” (Hechos 22:4), para declararse enseguida un actual seguidor del camino que antes perseguía: “Sin embargo, esto sí confieso: que adoro al Dios de nuestros antepasados siguiendo este Camino que mis acusadores llaman secta, pues estoy de acuerdo con todo lo que enseña la ley y creo lo que está escrito en los profetas.” (Hechos 24:14).

Incluso para las autoridades romanas los creyentes en Cristo eran conocidos de este modo: “Entonces Félix, que estaba bien informado del Camino, suspendió la sesión. Cuando venga el comandante Lisias, decidiré su caso les dijo” (Hechos 24:22), todo esto tal vez en alusión directa a las palabras del Señor Jesucristo en Juan 14:6 en el sentido que Él es el camino, la verdad y la vida.

 

Y es, pues, en este orden de ideas que la vida cristiana es descrita como un peregrinaje emprendido por el creyente desde el momento de su conversión, en condición de extranjero en este mundo, hasta alcanzar la vida eterna en la patria celestial, como lo establece también la epístola a los Hebreos en alusión a las personas de fe del Antiguo Testamento: “Todos ellos vivieron por la fe, y murieron sin haber recibido las cosas prometidas; más bien, las reconocieron a lo lejos, y confesaron que eran extranjeros y peregrinos en la tierra. Al expresarse así, claramente dieron a entender que andaban en busca de una patria. Si hubieran estado pensando en aquella patria de donde habían emigrado, habrían tenido oportunidad de regresar a ella. Antes bien, anhelaban una patria mejor, es decir, la celestial. Por lo tanto, Dios no se avergonzó de ser llamado su Dios, y les preparó una ciudad” (Hebreos 11:13-16).

Pero si bien es cierto que el objetivo principal de este peregrinaje es llegar a la meta, también lo es que en el proceso no debemos dejar de disfrutar del recorrido ni despreciar o aborrecer a ultranza el mundo en que nos encontramos.

Porque el camino puede llegar a ser accidentado, difícil e incluso peligroso, pero aun así este peregrinaje puede depararnos grandes satisfacciones antes de llegar al destino final. Tal vez fuera esto lo que Agustín tuviera en mente al declarar: “Una cosa es haber andado más camino y otra, haber caminado más despacio”, no por descuidar el ritmo necesario de manera negligente y culpable, sino por el disfrute que, de cualquier modo, el peregrinaje nos puede deparar.

Precisión necesaria, pues algunos creyentes pueden estar tan afanados por llegar que no valoran el privilegio de poder emprender nuestro peregrinaje por este mundo a través de un Camino tan seguro, confiable y deleitoso como el que Dios nos ha provisto en la persona de Cristo, descrito así de manera poética por el profeta Isaías: “Habrá allí una calzada que será llamada Camino de santidad. No viajarán por ella los impuros, ni transitarán por ella los necios; será solo para los que siguen el camino. No habrá allí ningún león, ni bestia feroz que por él pase; ¡Allí no se les encontrará! ¡Por allí pasarán solamente los redimidos! Y volverán los rescatados por el Señor, y entrarán en Sión con cantos de alegría, coronados de una alegría eterna” (Isaías 35:8-10), y que justifica la exhortación que Jeremías nos dirige: “Así dice el Señor: «Deténganse en los caminos y miren; pregunten por los senderos antiguos. Pregunten por el buen camino, y no se aparten de él. Así hallarán el descanso anhelado…” (Jeremías 6:16).

Juan Bunyan, el gran predicador y escritor puritano en la Inglaterra del siglo XVII escribió su clásica obra, El Peregrino, ilustrando y expresando de una manera metafórica, poética y colorida, no sólo la llegada a la patria celestial, sino también y de manera especial, la emoción del recorrido con todas sus vicisitudes.

Habría, pues, que darle la razón a Louis L’Amour cuando decía que: “Lo importante no es el fin del camino, sino el camino. Quien viaja demasiado aprisa se pierde la esencia del viaje”, complementado por el autor del libro justamente llamado El arte de la peregrinación en el cual podemos leer que: “Un viaje sin desafío no tiene significado… un viaje sin propósito no tiene alma”.

De hecho, los judíos de la dispersión, que emprendían cada año el peregrinaje a Jerusalén con ocasión de las fiestas de la Pascua, Pentecostés y los Tabernáculos, recorrían la distancia que los separaba de la ciudad expresando su alegría durante el trayecto por medio de los salmos 120 al 135, llamados por ello “cánticos de los peregrinos”.

 

Y es que sólo si disfrutamos del camino es probable que veamos en el trayecto, en medio de las dificultades que se nos puedan presentar al recorrerlo, el cumplimiento de lo dicho por David al respecto en cuanto a la transformación de las circunstancias difíciles en oportunidades para seguir avanzando: “… Cuando pasa por el valle de las Lágrimas lo convierte en región de manantiales…” (Salmo 84:5-7).

 

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