Del corazón sale lo bueno y lo malo

Qué gran reprensión de Jesús a quienes enseñan que es la cantidad la que hace agradable la ofrenda delante de Dios.

Pongamos nuestra mirada en otro ejemplo bíblico, del Nuevo Testamento. El Evangelio de Marcos nos narra el siguiente relato: Estando Jesús sentado delante del arca de la ofrenda, miraba cómo el pueblo echaba dinero en el arca y muchos ricos echaban mucho. Y vino una viuda pobre y echó dos blancas, o sea, un cuadrante. Entonces, llamando a sus discípulos, les dijo: De cierto os digo que esta viuda pobre echó más que todos los que han echado en el arca, porque todos han echado de lo que les sobra, pero esta de su pobreza echó todo lo que tenía, todo su sustento. (Marcos 12:41-44).

El Señor estaba sentado delante del arca de la ofrenda. Un depositario con trece receptáculos en forma de trompetas ubicado en el patio exterior, en el Atrio de las Mujeres, por donde las personas introducían sus monedas u ofrendas para usos diversos.

Nota que el Señor miraba a los que traían sus ofrendas de la misma manera. Estoy seguro de que de la misma manera esto es lo que Dios hace y ha hecho siempre. Él mira el altar del corazón de cada adorador que se acerca a traer ofrenda delante de su presencia.

Así como los ojos de Jehová están hacia lo justo, atentos sus oídos al clamor de ellos (Salmo 34:15). De la misma forma, él pasea su mirada para observar atentamente el altar de sus corazones, cuando estos se presentan ante su trono para adorarle con ofrendas. Lucas, en su Evangelio, dice lo mismo que Marcos, pero de una manera más específica, dice: Levantando los ojos, vio a los ricos que echaban sus ofrendas en el arca de las ofrendas. Vio también a una viuda muy pobre que echaba allí dos blancas (Lucas 21:1-2).

El Señor, primeramente, puso su mirada en los ricos, luego en las ofrendas que echaban en el arca. De la misma manera, miró primero a la viuda, después puso sus ojos en su ofrenda. Ese siempre ha sido el orden de observación del Señor. Él mira primero el altar del corazón del adorador y después considera su ofrenda. Si el corazón es santo y su motivación es pura, la ofrenda es santificada por la actitud y la integridad del adorador.

Nunca la ofrenda será aceptable si el altar del corazón es desaprobado.

En último análisis, no es la ofrenda la que agrada a Dios, sino el corazón y la vida del adorador. La ofrenda es solo una expresión del corazón, la representación de lo que el corazón del adorador quiere expresar a Dios.

Mas el Señor no está buscando adoración, sino adoradores. Esto es muy importante. La adoración lo complace si es ofrecida por los verdaderos adoradores, los cuales le adoran en espíritu y verdad. El altar de estos ha sido purificado por medio de la fe, la expiación de la sangre de Cristo y santificado por la sujeción a la obra santificadora del Espíritu Santo. Jesús tuvo que observar el corazón de los ricos para poder evaluar sus ofrendas. También fue necesario que él leyera el corazón de esta viuda para poder decir lo que expresó con relación a su ofrenda. Por tanto, el altar no solamente santifica la ofrenda, sino que también la revela.

Cuando la mirada escudriñadora del Señor penetró profundamente en el altar del corazón de los ricos, se percató de la intención que había en su interior. Ellos dieron mucho, pero de lo que les sobraba. Yo diría que su ofrenda se podía definir como una sobra abundante. En castellano, sobra son las partes o elementos que quedan después de que algo ha sido usado o consumido. Sobrante es la porción o residuo que queda después de usar o consumir algo. Entonces, los ricos no dieron a Dios su riqueza, ni tampoco de su riqueza, sino una parte del sobrante. El altar de sus corazones estaba contaminado con las inmundicias de la avaricia y mezquindad. Sus ofrendas a la vista de los hombres lucían generosas e impresionantes. Pero a los ojos de Dios eran viles y despreciables, indignas del Señor. Esas ofrendas, en vez de honrarle, constituían un gran insulto a su persona. Le ofrecieron no ofrendas, sino ofensas. Es un agravio ofrendarle a Dios las sobras cuando él es el dueño de todo.

Cuando le ofrecemos a Dios lo que ya no nos es útil, lo que no nos es necesario, de lo que podemos prescindir, revela quién es Dios para nosotros: que Dios nos sobra. Darle al Señor el sobrante manifiesta de qué manera valoramos su persona y hace patente cuán poco le amamos y le tememos. Por abundante que fueron las sobras de las ofrendas de los ricos, no fueron sino las migajas que cayeron de las mesas, que según la mujer sirofenicia, es la comida de los perrillos, Marcos 7: 28: ¿Cuántas veces como estos ricos tratamos al Señor como un perrillo, ofreciéndole como ofrenda nuestros menospreciados sobrantes, la porción que no necesitamos, la parte que ya no utilizaremos?

La Biblia nos revela que, por ser el Señor, el todo en todos, merece lo primero de la totalidad y lo mejor de lo superior. Al Señor se le ofrendaba las primicias de todas las cosechas, los primogénitos y los más gordos de los animales, (Éxodo 3:19, Éxodo 13:2, Génesis 4:4).

El rebusco o los pocos frutos que sobraban después de las cosechas era la porción destinada a los pobres, extranjeros, huérfanos y viudas (Levítico 19:9, Deuteronomio 24:19-22). Cuando en vez de primicia le ofrecemos a Dios los rebuscos, manifestamos lo dañado y contaminado que está el altar de nuestro corazón. Pensemos, por ejemplo, en la cantidad y calidad de tiempo que le ofrendamos al Señor. ¿Solamente le damos las horas del domingo? ¿Le adoramos con nuestro hermano en los servicios que se celebran durante la semana? ¿Nos molestamos y nos ofendemos si el culto se extiende unos minutos? ¿Oro y leo la Biblia brevemente solo cuando estoy cansado y no tengo otra cosa que hacer? Si no puedo hacer algo durante mi semana de trabajo, ¿lo hago el domingo sacrificando el culto de adoración a Dios? ¿Destinas tus diezmos para resolver la urgencia o crisis económicas que se te presentan? ¿Eres de aquellos que han inventado una doctrina bíblica para eludir tu deber de honrar al Señor con el fruto de tus bienes y adorarle con las décimas del producto de tu trabajo? (Proverbios 3:9, Éxodo 23:19, Malaquías 3:10). ¿Eres tú de aquellos que tienen que venderte una gaseosa, una comida o hacerte participar de una actividad para darle una contribución al Señor? ¿Te enseñaron a considerar al Señor como un pordiosero que necesita tus limosas o como un comerciante con quien tú puedes negociar o invertir para obtener ganancias? ¿Te enseñaron tus maestros a comprar las bendiciones del Señor con ofrendas usando la falsa motivación, siembra mucho para que tu cosecha sea abundante? Estas preguntas te ayudarán a conocer la condición del altar de tu corazón. También, si tus ofrendas al Señor son los rebuscos o las primicias.

La mezquindad del corazón nos conduce a traer a Dios no ofrendas agradables, sino sacrificios inmundos, dones corrompidos, que, en lugar de honrarle, le ultrajan.

El profeta Malaquías, reprendiendo los sacerdotes de Judá, les dijo: El hijo honra al Padre y el siervo a su Señor. Sí, pues soy yo Padre, donde está mi honra y si soy Señor, donde está mi temor, dice Jehová de los Ejércitos, a vosotros, o sacerdotes que menospreciáis mi nombre, y decían: ¿En qué hemos menospreciado tu nombre? En que ofrecéis sobre mi altar pan inmundo y dijiste, ¿en qué te hemos deshonrado? En que pensáis que la mesa de Jehová es despreciable. Y cuando ofrecéis el animal ciego para el sacrificio, ¿no es malo? Asimismo, cuando ofrecéis el cojo del enfermo, ¿no es malo? Preséntalo, pues, a tu príncipe. ¿Acaso se agradará de ti o le será acepto, dice Jehová de los ejércitos? (Malaquías 1:6-8).

Este pasaje bíblico nos revela muchas cosas sobre el altar del corazón y la ofrenda. La deshonra y el menosprecio al nombre de Dios es el resultado de no amarle y temerle. Esa condición del altar del corazón se manifiesta en nuestra adoración. Cuando nos atrevemos a ofrecerle al Señor pan inmundo, es porque consideramos despreciable la mesa del Señor, ofreciéndole sacrificios de animales ciegos, cojos y enfermos. Tal el altar, tal la ofrenda. Tal el corazón, tal la adoración. En último análisis, no es la ofrenda la que deshonra y menosprecia a Dios, sino el adorador.

Pensemos en el contraste establecido por el Señor Jesús entre la ofrenda de los ricos y la ofrenda de la viuda. Los ricos ofrendaron las sobras de su riqueza, pero la viuda dedicó a Dios la totalidad de su pobreza. Ella echó en el arca de las ofrendas todo lo que tenía, todo su sustento. (Marcos 12:44). ¿Qué determinó que dos blancas o un cuadrante, equivalente a centavos en monedas modernas, fuese para el corazón del Señor mayor cantidad y mejor ofrenda que las grandes de los ricos? ¿Por qué el Señor valoró más la totalidad de la pobreza de esa viuda que las abundantes sobras de los ricos? Las ofrendas de los ricos, sus sobras, manifestaban cuánto sus corazones valoraban a Dios, quién era el Señor para ellos. Su dádiva a Dios expresaba que el sobrante de sus bienes era lo que él merecía. La viuda, en cambio, como Dios era todo para ella, le ofrendó todo lo que poseía, la totalidad de su pobreza, aunque esto representaba todo su sustento. Los ricos dieron su sobra y retuvieron su riqueza. La viuda entregó toda su pobreza y no retuvo nada material, pero se quedó con su Dios. Esta mujer amó al Señor con todo su corazón, con toda su alma y con todas sus fuerzas, con todo lo que era y todo lo que poseía. Su ofrenda reveló quién era Dios para ella. Cuando el corazón ama a Dios, la ofrenda lo hace patente.

Qué tremenda reprensión para aquellos predicadores que enseñan que es la cantidad la que hace agradable la ofrenda delante de Dios. La cantidad o el tamaño de la ofrenda solamente es importante para Dios cuando el corazón del adorador desea expresar al Señor cuán grande es el amor, la honra, la gratitud, el reconocimiento que sienten hacia él. Y por esa razón, su ofrenda es abundante.

El Señor Jesús, citando el profeta Isaías, dijo: Este pueblo de labios me honra más, su corazón está lejos de mí. Mateo 15:8. Tomaré este pasaje bíblico para confirmar la misma verdad que estoy enseñando. Si aplicamos este pensamiento de Dios a la adoración, podemos decir que los labios representan la ofrenda con la cual procuramos honrar al Señor y el corazón es el altar. Pero como el corazón o el altar está distanciado de Dios, la ofrenda nunca logrará agradarle.

La epístola a los Hebreos dice: Así que ofrezcamos siempre a Dios por medio de él sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre (Hebreos 13:15.15). La enseñanza es esta: en el altar del corazón se ofrece a Dios, por medio de Jesucristo, la ofrenda de sacrificio de alabanza, lo mismo que decir, fruto de labios que confiesan su nombre. El apóstol Pablo escribió: Porque con el corazón, es decir, el altar, se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación. (Romanos 10:10). La boca confiesa o expresa lo que cree el corazón. El Señor Jesús enseñó: ¿Cómo podéis hablar lo bueno siendo malos? Porque de la abundancia del corazón habla la boca. El hombre bueno del buen tesoro del corazón saca buenas cosas y el hombre malo del mal tesoro saca malas cosas. (Mateo 12:34-35).

Del corazón sale lo bueno y lo malo. Cuando aplicamos este principio de la adoración, podemos decir: Del altar del adorador, procede lo bueno y lo malo. Es imposible que con un altar sucio se pueda ofrecer una ofrenda limpia. Sólo un altar digno puede producir una ofrenda digna y honrosa para Dios.

Es muy común en nuestra práctica, como adoradores, honrar a Dios con nuestros labios, pero con el corazón lejos de él. Ese fue el pecado que más el Señor le señaló a la nación hebrea. Jeremías lo expresó de la siguiente manera: Los plantaste y echaron raíces, crecieron y dieron fruto. Cercano estás tú en sus bocas, pero lejos de sus corazones. (Jeremías 12:2). Oh, ¡cuánto nos describen y nos delatan estas palabras! En nuestra adoración tenemos el nombre de Dios muy cercano en nuestras bocas, pero muy distanciado de nuestros corazones. Yo lo diría así: Bocas llenas de Dios, pero corazones vacíos de Dios. Con nuestras ofrendas confesamos todo lo que Dios es, pero con el corazón negamos la naturaleza misma de su ser.

¿Cuántas cosas consideramos importantes en nuestros cultos de adoración? Pero no hacemos entender a los hermanos que todo se vuelve malo e inútil, inservible, si nuestro corazón está distanciado del sentir del corazón de Dios a quien adoramos.

Por ejemplo, si mil personas se reúnen para adorar a Dios, estoy seguro de que ni 50 de ellos están conscientes en esas horas que lo que al Señor le interesa o le importa es la pureza y la integridad de su corazón. Nos preocupa pasarla bien, sentir la unción, disfrutar de su presencia. Consideramos que un culto bendecido y hermoso es aquel donde hubo expresión de júbilo, manifestación de dones espirituales, música y cánticos ungidos. Nuestra atención y prioridad está concentrada en nuestra ofrenda, pero no se nos ocurre que los ojos y el escrutinio de Dios están en nuestros corazones. Mientras nuestra mirada está en la ofrenda, la de Dios está en el altar, porque es el altar el que santifica la ofrenda y es el que la hace honrosa y aceptable delante de la vista del Dios santo. En el corazón se esconde la intención, la motivación, la condición y la disposición.

El corazón determina lo que somos y revela nuestras intenciones más profundas e íntimas, también el móvil de nuestras acciones. Nuestras obras pueden ser aparentemente buenas, pero si no obedecen a un corazón puro, serán malas y perversas.

Lo que el Señor requiere de los adoradores es que sus corazones estén tan cercanos a Él como lo están sus labios. Dios demanda armonía entre el altar y la ofrenda. La Biblia revela y la realidad lo confirma, que los sentidos naturales pueden estar presentes en nuestra adoración y aún percibir, por ejemplo, los ojos, los oídos, etcétera, pero el corazón simultáneamente estar ausente. Los sentidos pueden estar cerca, pero el corazón lejos. Podemos hacer muchas cosas mecánicamente y aún obrar con el consciente y nuestro corazón estar ajeno a lo que realizamos. Podemos estar casados con Dios en nuestras obras, pero divorciados de él en nuestros corazones. Lo que Pablo llama, ajenos de la vida de Dios. Efesios 4:18. Podemos recordar con la memoria de la mente, pero olvidar con la memoria del corazón. Podemos tener conciencia mental de los hechos y experiencias, pero al mismo tiempo sufrir de amnesia del corazón.

Hay dos formas de interpretar lo que el Señor quiso decir cuando dice que las bocas están cercanas, pero los corazones lejos de él. La primera es la lejanía mental. Por ejemplo, estamos adorando al Señor, ya sea cantando, danzando, orando, etcétera, pero en ese momento nuestros pensamientos están en otras cosas, distantes de Dios y de la adoración. De manera que nuestra adoración es mecánica, ritual y formalista. Pero lo más ofensivo al Señor es la segunda. Cuando el distanciamiento es espiritual, cuando la condición del corazón, sus motivaciones e intenciones son ajenas y contrarias a la naturaleza y carácter de Dios. En este caso, no hay pureza en el corazón ni santidad en las motivaciones e intenciones. Se esconde en el corazón orgullo, rebelión, engaño, mentira, impureza, falsedad, hipocresía, autosuficiencia, idolatría, egolatría, ambición personal, etcétera. Un altar podrido producirá una ofrenda putrefacta, inmunda, indigna de Dios. Hay una verdad que voy a repetir hasta el cansancio, solo lo que es como Dios agrada a Dios. Nada que no sea conforme a la naturaleza santa de Dios y armonice con su carácter justo e inmaculado, ascenderá como ofrenda agradable y aceptable delante de él.

Pongamos atención a los siguientes pensamientos divinos y observemos con sumo cuidado y meditación el criterio del sentir del Señor en estos pasajes bíblicos:

  • El sacrificio de los impíos es abominación a Jehová, más la oración de los rectos es su gozo. Proverbios 15:8.
  • El sacrificio de los impíos es abominación, ¿cuánto más ofreciéndolo con maldad? Proverbios 21: 27.
  • El que aparta su oído para no oír la ley, su oración también es abominable. Proverbios 28: 9.
  • En los íntegros es hermosa la alabanza. Salmos 33:1.
  • Para los santos que están en la tierra y para los íntegros es toda mi complacencia. Salmo 16:3.
  • Hacer justicia y juicio es a Jehová más agradable que sacrificio. Proverbios 21: 3.

Solamente estoy citando algunos versículos, pero en la Biblia son incontables. En cuanto a la adoración, es esta la enseñanza más enfatizada por Dios en toda la Biblia, pero también es la más ignorada y olvidada por nosotros. Esta debiera ser la verdad más enfatizada en los púlpitos en todo servicio de adoración.

Si para nosotros es importante que el Señor se agrade y acepte nuestras ofrendas de adoración, entonces se hace imperativo recordar constantemente a los hermanos que lo que complace a Dios es la pureza del corazón y que la aceptación de la ofrenda es el resultado de la aprobación del corazón.

 

El ejemplo de David

David, según la Biblia, era un hombre conforme al corazón de Dios. Yo me maravillo de lo entendido que era él en cuanto a la adoración y el servicio a Dios. Él conocía el pensar y sentir del Señor y entendía lo que era relevante para él, su demanda y preferencia. David sabía cómo acercarse a Dios y cuando lo ofendía, sabía humillarse delante de su presencia reconocer su falta y apartarse de aquello que el Señor desaprobaba de su conducta. También aceptaba con humildad la exhortación que Dios le traía por medio de su mensajero. El que es de Dios, la palabra de Dios oye. Juan 8:47. El que le ama y le teme, sabe cuál es su voluntad y cómo agradarle. También conocerá lo que puede entristecer su divino corazón. El Padre, sabe que somos débiles e imperfectos. Él conoce que solamente en Cristo podemos ser perfectos. No ignora nuestras limitaciones, Pero él ama la actitud humilde del corazón. En cambio, aborrece la soberbia y la rebelión. Proverbios 16:5. Él da gracia a los humildes, pero mira de lejos a los soberbios. Salmos 138:6.

Aprendamos de David la manera correcta de acercarnos a la presencia del Señor para adorarle y notemos la actitud de su corazón al entrar delante de Dios. Esta fue su oración: Escudríñame o Jehová y pruébame, examina mis íntimos pensamientos y mi corazón. Porque tu misericordia está delante de mis ojos y ando en tu verdad, no me he sentado con hombres hipócritas ni entré con el que anda simuladamente. Aborrecí la reunión de los malignos y con los impíos nunca me senté. Lavaré en inocencia mis manos y así andaré alrededor de tu altar, o Jehová, para exclamar con voz de acción de gracia y para contar todas tus maravillas. Jehová, la habitación de tu casa he amado y el lugar de la morada de tu gloria. Salmo 26: 2-8.

Notemos la revelación y la sabiduría de David como adorador. Él conocía que lo más importante para Dios es la pureza y la actitud del corazón del adorador. Por esa razón, antes de acercarse a adorar, le pide al Señor que escudriñe, pruebe, examine sus íntimos pensamientos y su corazón. Él invitó a Dios a mirar minuciosamente su altar interior, o sea, su corazón. Luego, expone ante el Señor de qué manera ha tenido en cuenta su misericordia y su verdad. La palabra revela que todas las sendas de Jehová son misericordia y verdad, Salmo 25:10. Que con misericordia y verdad se corrige el pecado, Proverbios 16:6. Yo las llamo las hermanas gemelas del carácter de Dios, porque por toda la Biblia se mencionan siempre juntas. Dios es la verdad y ama la verdad en lo íntimo, Salmo 51:6. Dios nunca manifestará su misericordia si no se si no se satisface plenamente la verdad. Él corrige el pecado con misericordia y verdad. Cuando nos acercamos al Eterno, humillados, arrepentidos y dependiendo completamente de las obras expiatorias de Jesús, estamos reconociendo que hemos pecado contra la verdad y nos estamos apropiando y cubriéndonos de la verdad vivida por Cristo. De esa manera alcanzamos la misericordia, porque una vez cumplida la justicia de la verdad, se abre la puerta para dar lugar a la manifestación de la misericordia.

David expone ante Dios su compromiso con la verdad y la pureza y le confiesa: No me he sentado con hombres hipócritas ni entré con los que andan simuladamente. Aborrecí la reunión de los malignos y con los impíos nunca me senté (Salmos 26:4-5).

Aludiendo a la práctica de los sacerdotes los cuales lavaban sus manos y sus pies en lavacro antes de entrar al lugar santo para purificarse y estar limpios ceremonialmente delante del Señor. David usa simbólicamente esta costumbre para dar testimonio de la inocencia y pureza de su corazón antes de entrar a adorar a Dios en su santuario. Él dijo: Lavaré en inocencia mi mano y así andaré alrededor de tu altar, o Jehová, para exclamar con voz de acción de gracia y para contar todas tus maravillas(Salmo 26:67).

La enseñanza para nosotros es que, al entrar a la presencia del Señor para adorarle y depositar una ofrenda sobre su altar, antes es necesario limpiar y purificar el altar de nuestros corazones. Es la manera para movernos con libertad y máxima expresión alrededor del altar de Dios, pero sobre todo para poder agradar al Señor y que nuestras ofrendas de adoración sean aceptables delante de él en Jesucristo.

Es notorio que David adoraba para complacer a Dios. Su objetivo, cuando adoraba, era la complacencia del Señor. A él le importaba más que cualquier otra cosa que sus ofrendas sean aceptables delante de Dios.

Él oraba así: Sean gratos los dichos de mi boca y la meditación de mi corazón delante de ti, o Jehová, roca mí y redentor mío(Salmo 19:14).

Notemos lo importante que era para él la aprobación y respuesta del Señor a las ofrendas de un adorador y cómo valoraba y estimaba esa bendición divina: Jehová, te oiga en el día de conflicto. El nombre de Dios de Jacob te defienda, te envía ayuda desde el santuario y desde Sion te sostenga. Haga memoria de todas tus ofrendas y acepte tu holocausto, te dé conforme al deseo de tu corazón y cumpla todo tu consejo(Salmo 20:1-5)

Este pasaje bíblico describe lo que significa el fuego de la aprobación de Dios cuando desciende sobre la ofrenda y la vida del adorador, y constituye la mayor bendición que podemos desearle a un justo como favor y recompensa de parte de Dios. No hay otra mejor. Si para un adorador el adorar le produce gran satisfacción e inefable gozo, mayor es su regocijo cuando la aprobación de Dios se manifiesta como respuesta a su ofrenda de adoración. Adoramos cuando dedicamos ofrendas al Señor, pero mayor es nuestra alabanza y celebración cuando vemos consumir nuestro holocausto, no con nuestro fuego, sino con el de Dios, cuando complacido manifiesta su agrado.

La adoración con propósito consiste en tener como objetivo la complacencia del corazón de Dios. Él es el objeto de nuestra alabanza. Deuteronomio 10:20-21Nada nos debe importar más que la opinión de Dios acerca de nuestra adoración. La mayoría de los cristianos adoran a Dios toda su vida, pero nunca se han interesado en saber si el Señor alguna vez aceptó sus ofrendas.

Hace poco, el Espíritu Santo me sorprendió con un pensamiento muy revelador. Él me dijo que la ofrenda de Caín era despreciable, abominable, indigna de Dios, pero que tenía algo positivo. Me interesé en saber qué de admirable podía poseer la adoración de Caín. La respuesta del Señor me sorprendió al decirme: A Caín le importaba tanto que yo aceptara su ofrenda, que la frustración y el espíritu de fracaso que experimentó por mi rechazo a su ofrenda le produjo una ira extrema. Aunque esa reacción fue tan humana y carnal que lo llevó al fratricidio, por lo menos manifestó un interés en la aprobación de Dios. Y es cierto, la mayoría de los adoradores de hoy adoran a Dios, a veces por toda su vida, pero nunca se han interesado en saber la opinión de Dios acerca de su adoración. Manifiestan una total indiferencia por la respuesta divina a su adoración. ¿Cómo es posible que Caín esté más interesado que nosotros por la aprobación de Dios? Aunque el Señor desaprobó la ira de Caín, la indiferencia nuestra le produce mayor rechazo e indignación que el enojo del hijo de Adán. La razón es porque el enojo de Caín, aunque equivocado, manifestó un profundo interés en la aprobación de Dios. Pero la indiferencia nuestra revela un total desinterés y rechazo al criterio de Dios y su aprobación.

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