CUANDO DIOS LLEGA A TU VIDA – POR PAULA CIANCIO

La mujer sirofenicia. Mateo 15.21-28

Voy a contarles acerca de aquel día que trasformó nuestras vidas. No sólo por causa de la salud de mi hija, sino también porque desde ese día logré sentirme libre de un modo que jamás había sentido; libre de las miradas, de los juicios ajenos y hasta de los propios. Y ese fue para mí el verdadero milagro.
Dicen algunos que después de aquel día tampoco Jesús fue el mismo; parece que cambiaron sus horizontes a partir de nuestro encuentro. Que enseguida de aquella conversación, se acercó a realizar milagros a los extranjeros tal como los había hecho con los de su pueblo.

No fue fácil llegar hasta él. Muchas cosas me limitaban, pero una por sobre las otras: mi condición de mujer. Las costumbres de nuestras sociedades y también mi origen sirofenicio eran razones suficientes para no acercarme a hablar con un rabino judío. Los prejuicios y la terrible imagen que los judíos tenían de nosotros, los paganos, hacían muy difíciles las relaciones. Siempre me sentí menospreciada por sus miradas, discriminada por no compartir las creencias y las costumbres que ellos practicaban. Nosotros veníamos de una cultura diferente, teníamos otros dioses y otras ideas acerca del mundo y ellos no las aceptaban.

Pero mi pequeña hija enferma no entendía de estas cosas, y ella no contaba con nadie más que conmigo. Yo la veía cada día, y conocía muy bien su sufrimiento. Su cuerpo joven y frágil ya no soportaba el dolor y tampoco el mío —el cuerpo cansado de una mujer extrajera; con todo lo que eso implicaba. Tenía que hacer algo para salvarla, para darle una esperanza. No tenía futuro en esas condiciones. Ya ni siquiera podía sacarla de la casa, pues la gente la señalaba y se burlaban de nosotras. Nos creían sucias, impuras y vaya a saber cuántas cosas más. Vivíamos realmente presas de nuestra condición.

Mi situación se tornaba cada vez más difícil. Era una carga muy pesada de llevar. Y no sabría decir por qué, pero en mi interior algo me decía que ese tal Jesús podía hacer algo por nosotras. De modo que cuando me enteré en el mercado que estaba de paso por nuestra aldea, tomé la decisión de ir hasta la casa donde se hospedaba.

Cuando quise acercarme a él, los hombres que lo acompañaban quisieron impedirlo, y ante cualquier pedido, me ordenaban que me callara. Creo que algunos eran sus discípulos, aquellos “hombres de poca fe”, incrédulos a pesar de todo lo que habían visto y oído. Ahora comprendo que pretendían empujarme al miedo, a la resignación y al abandono. Y yo solamente necesitaba que este tal Jesús me dijera qué hacer para ayudar a mi hija. Ella necesitaba mi voz, mi fortaleza, mi osadía; que rompiera aquellos absurdos límites para liberarla y para liberarme. Y aunque su pequeño cuerpo no estaba allí presente, yo podía sentir que la cargaba en mis brazos para ponerla frente a este hombre.

Cuando finalmente llegué hasta él, pude ver en su mirada a un hombre distinto. Distinto de los demás. Él me escuchó pero, para mi sorpresa, me contestó con aquel argumento cargado de prejuicios y discriminación. Evidentemente, también él estaba impregnado de toda esa dogmática cultura judía para la cual nosotros no parecíamos dignos. No éramos más que ‘perritos’, porque así nos llamaban.

No permití entonces que quedáramos excluidas. No sabría explicar de dónde saqué fuerzas, pero yo creía íntimamente que esa niña tenía también derecho a la mesa, aunque solo fuera para alimentarse de migajas y aunque eso tampoco fuera justo; pero sería suficiente.

Entonces le contesté con convicción. Si realmente creía que había un alimento, un ‘pan de vida’ para todos, como él predicaba, nosotras teníamos el derecho de recibirlo. Mi respuesta fue lógica y contundente. Fue tal, que no pudo hacer más que asumir que algo había allí para rever en su forma de transitar este camino: los extranjeros, las mujeres, las niñas y todos los excluidos, también deseábamos ser parte de esa mesa. Era justicia lo que le reclamaba.

Y así llegó su respuesta
—Por tus palabras— me dijo, y pude sentir que había sido escuchada—. Porque te atreviste a llegar hasta acá, a levantar tu voz y a exponer tus argumentos; porque me hiciste entender que todos son dignos. Porque mostraste tu coraje, tu valor y tu fe. Pero principalmente por no callar, «mujer, tu hija está sana», finalizó.

Y así supe que estaba reconociendo la validez y la fuerza de mis palabras para salvar a mi hijita.
Cuando volví a nuestra casa, la encontré recostada en su cama. Su cuerpo aliviado, tranquilo, descansando de tantos y tantos sufrimientos.
Su rostro iluminado y esa sonrisa floreciente, llena de vida, me colmaron para siempre de alegría y esperanza.

Compruebe también

Euro 2020: historias de fútbol y fe

Estamos recopilando historias sobre el torneo de fútbol desde una perspectiva cristiana. Mientras millones de …

Bolivia│Lanzan campaña nacional en defensa del matrimonio natural

Objetivo es “reafirmar principios y valores del matrimonio para concientizar a la población sobre la …

Déjanos tu comentario